Estoy en un pueblo, como en Michoacán. Estoy visitando a El Diplomático Oriental, quien vive con su esposa en ese lugar. Él es algo así como el delegado de ese pueblo. Entonces paseo con él por algunas callecitas. Compramos algunas cosas, algunas artesanías. Parte del motivo de mi visita a ese pueblo donde él vive es que voy a dar una conferencia de literatura sobre un libro que no he leído.
El evento se organiza en una sala pequeña y rústica que tiene un templete. Allí se sienta el delegado, que es mi amigo El Diplomático Oriental más el embajador de no sé qué lugar, que representa al autor del libro, otras personalidades y yo como comentarista de la obra.
Dado que yo no he leído la obra no sé bien qué decir. Pensaba decir solamente una felicitación, algo muy breve, pero me doy cuenta que tengo que decir algo más. De pronto, tras bambalinas escucho a alguien, a una mujer que está haciendo una crítica sobre el libro, dándole su valor como obra literaria pero también haciendo algunas apreciaciones.
Escucho con atención porque pienso que eso lo puedo repetir afuera, aunque me da un poco de vergüenza que ella me llegara a oir o a darse cuenta que la estoy escuchando y que le estoy robando las ideas y que después las repita como si fueran mías.
No sé qué hacer, se está montando el templete, ya están arriba las personalidades que van a opinar sobre la obra y yo tengo frente a mí un ejemplar del libro que nunca he abierto.
La persona que está conduciendo la ceremonia no es El Diplomático Oriental, sino El Académico Zacatecano. Es la misma persona pero se ha transfigurado.
miércoles, 16 de julio de 2008
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